Se me había hecho carne eso de “a mi edad ¿qué voy a cambiar?”, sin embargo, había muchas cosas en mí que no me gustaban, me incomodaban y hasta me daban vergüenza.

Mis enojos, mi necesidad de tener razón, mis estructuras tan rígidas; estaba tan molesta con todo eso que me torné intolerante, incordiosa, relacionándome desde ese lugar con los demás, por lo tanto, mis relaciones más cercanas se debilitaban.

Cada vez me sentía más sola y lejos de quienes amaba, entrando en un círculo vicioso que no me permitía ver que sólo yo era el artífice de lo que “me estaba pasando”, depositando mi enojo en ellos.

Me refugiaba en mi trabajo, por entonces era directora de personal del municipio donde vivo, pero obviamente no soy dos personas distintas ni me disociaba. Tenía algunos problemas para relacionarme en el trabajo también.

Con poco, explotaba como si echara fósforo en la nafta. Definitivamente no me gustaba quien estaba siendo y lo que veía en el espejo. De hecho, miraba bastante poco mi reflejo, pasadita rápida al maquillarme a la mañana y peinarme, y ¿qué creen?,  tampoco me gustaba esa imagen exterior, es que cuando el interior no está en equilibrio el exterior lo refleja.

Como el universo está disponible siempre cuando buscamos en él, apareció en mi vida la persona que luego se convertiría en uno de mis maestros y a través de él conocí al coaching.

En septiembre de 2018, me llega la invitación para hacer un curso de Liderazgo y Coaching a través del IPAP (Instituto provincial de la administración pública) y buscando hacer mejor mi trabajo de ese momento, me inscribí sin saber que era el inicio de un proceso maravilloso. Pasé por mis lugares más oscuros, pero ¿cómo podemos encontrar la luz si primero no pasamos por la oscuridad?

El curso duró 5 semanas, luego hice un proceso para manejo del tiempo con el mismo profesor; en la consultora estaban inscribiendo para la formación en Coaching Ontológico Profesional y me anoté, sin saber que no sólo encontraría una herramienta maravillosa para realizar mi trabajo de ese momento, sino que me encontraría conmigo misma como nunca lo había hecho.

¿Alguna vez tomaste un café con vos? Yo tomé varios, en algunos me levantaba enojada de la mesa, en otros pude mostrarme vulnerable y llorar para limpiar, otras veces me divertí muchísimo. En fin, recomiendo altamente que pruebes tomarte un café con vos y, si ya lo hiciste, que lo sigas haciendo.

Claro, hubo momentos en los que no me gustaba lo que me decía, lo que veía cuando me miraba, pero ¿qué puedo cambiar si no soy capaz de mirarme?

Fueron casi tres años de mucho trabajo interno, de resistir con todas mis fuerzas; mi ego ganaba la batalla mucho más seguido de lo que me hubiera gustado, pero ¿qué hacía yo para que eso pasara?

Y entonces, allá por marzo de 2019, empezó el camino hacia adentro: primero descubrí que el mundo no era “el mundo”, sino como yo interpretaba que era, luego me descubrí diciéndome muchas veces que NO para decirles SÍ a los demás.

Revisé la vida que tenía y la comparé con la vida que quería, revisé cómo me afectaba la mirada de los demás cuando la veía dirigida hacia mi persona; descubrí que esa mirada es de los otros, que habla de ellos y no de mí, Y fue liberador.

No te voy a mentir, muchas veces ese diablito llamado ego que todos tenemos, vuelve a jugarme una mala pasada, pero ahora puedo verlo rápidamente y correrme de esos lugares en donde sólo cierro posibilidades para estar siendo mi mejor versión.

En este camino no estuve sola, porque como dice un proverbio chino, “solos vamos más rápido, juntos llegamos más lejos”. Y así, acompañada primero por mi compañero de vida, el amor y la complicidad para ir conmigo de la mano hacia las locuras que se me ocurren; mis hijos, dos grande maestros que todos los días me enseñan a ser mejor y muchas personas más; una lista inagotable de seres de luz que encontré en ese camino de exploración personal y que estaban ahí, como red para esos momentos en que mis sombras se agigantaban y me parecía no poder salir de ellas; casi como los espíritus malvados de “Ghost, la sombra del amor”, venían a atraparme y no dejarme ser. Ahí estaba mi manada, mi tribu, mi red, mi bosque de sequoias para acompañarme, para mostrarme que hay otros caminos, que un abrazo y un silencio a veces pueden más que mil palabras, así como una palabra dicha sin anestesia y con mucho amor nos abre puertas a posibilidades maravillosas.

Descubrí que es mejor estar en paz que tener razón. Razón ¿para quién?, razón ¿de qué?, razón ¿para qué?

En ese transitar me perdoné y entonces pude perdonar, entendiendo que el perdón es liberador para quien lo ofrece, más que para quien lo recibe; que el aceptarme y aceptar a los otros como auténticos otros me permite abrir caminos para generar y enriquecer nuevas y mejores relaciones, mirarme en mi estar siendo en cada ámbito de mi vida.

Claro, muchas veces me resistía con todas mis fuerzas, porque como me dijo mi hija, “al camino del autoconocimiento lo pintan como un hermoso jardín, no te dicen que tenés que transitar el pantano primero para llegar al paraíso, hasta el universo tiene letra chica”. ¿Te dije que es uno de mis maestros?

Relacionarme de otra manera con el “no sé” y de su mano el “hacerlo de forma correcta”; tenía la idea que podía hacer todo y hacerlo bien; ¿bien, para quién?, aceptar el error como el camino al aprendizaje, dejarme llevar por quienes yo misma había elegido como mis maestros, este fue sin dudas el mayor de todos los desafíos.

Y aquí estoy, fui a buscar una herramienta para hacer mejor mi trabajo de aquel momento y me encontré conmigo. Y al encontrarme descubrí que no estaba teniendo la vida que quería para mí, que ya no me hacía feliz ese trabajo, que estaba impactando mi salud, porque el cuerpo grita lo que la boca calla.  Entonces, desde agosto de este especial 2021 ya no trabajo allí. Certifiqué como coach ontológico profesional, inicié mi propio emprendimiento haciendo lo que amo, y como digo cuando me preguntan, volví a mi primer amor: ser servicio acompañando a las personas a descubrir sus infinitas posibilidades y a las organizaciones a crecer siendo eficientes.

Si en cada instante estoy siendo mi mejor versión, brindándome a quienes me rodean, sin perderme de vista; entendiendo que si no me acepto, me cuido y me priorizo, si no estoy para mí, no puedo estar para los demás; entonces puedo ver que la  vida me regala cada día una oportunidad para tomar, agradecer y multiplicar, Porque de eso se trata, como decía la Madre Teresa de Calcuta : “No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz”. Comprendí que logrando eso que decía esta maravillosa mujer, nuestra felicidad y buen vivir están asegurados. La vida es un búmeran, dar sin esperar nada a cambio te garantiza que todo vuelve multiplicado; tan convencida estoy que muchas veces digo: “que la vida te devuelva multiplicado por miles aquello que me deseas”.

Hace casi tres años creía que ya no podía ni tenía nada para cambiar, hoy puedo decirte que he comprobado que lo único permanente es el cambio.

El coaching no cambió mi vida, me abrió un sin fin de posibilidades cuando yo elegí cambiar mi mundo para ser mi mejor versión cada día. Lo que sí me mostró el coaching es que, si me hago cargo de quien quiero ser y qué quiero hacer, entonces todo es posible.

Esta historia forma parte de «Historias para creer en el Coaching» publicada como e-Book por Presscoaching, para descargar gratis el libro completo Click Acá

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